“Alta traición” es uno de los poemas más conocidos de José Emilio Pacheco. En sus primeras líneas se dice lo siguiente: “No amo a mi patria (…) Su fulgor abstracto es inasible (…)Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas -y tres o cuatro ríos”.
Como puede constatar el lector, tal poema rezuma ironía: en apariencia el poeta “traiciona” a su patria, pero lo que hace en realidad es desenmascarar el velo que impide amarla a fondo. Esto es, rechaza el “fulgor inasible” (digamos, "oficialista") de Patria, pero reivindica su verdadero rostro: esto es, su gente, sus montañas, sus ríos, su gente.
Pero bien, se preguntará el lector, ¿a qué viene tal comentario?
Viene a propósito de las notas periodísticas que califican como “Alta Traición” las declaraciones que vertió en días pasados el presidente municipal del PRI, Carlos Meza Viveros, en contra de Javier López Zavala, abanderado del tricolor a la gubernatura de Puebla.
Guardando las diferencias del caso, creo que existen cierto paralelismo entre la “Alta Traición” de José Emilio Pacheco y la (supuesta, desde luego) “traición” del presidente municipal del PRI, Carlos Meza Viveros.
Así como el ganador del Premio Cervantes nos descubre la verdadera dimensión del vocablo Patria, el líder priísta nos hace ver la otra faz del vocablo “lealtad” a su instituto político (el PRI).
Una lectura vulgar, burda, de lo que se entiende por “lealtad”, la ponen de relieve los adláteres del “grupo compacto” del gobernador Mario Marín Torres (MMT), quienes llegan a extremos inenarrables con tal de silenciar o neutralizar los excesos y errores de éste, arguyendo entre otras cosas que lo primero que debe distinguir a los priístas es la “lealtad” al partido. Ergo: criticar a MMT es ser “desleales” al partido.
Carlos Meza Viveros desenmascara esa operación, ese mecanismo inefable, demostrando que la verdadera lealtad a su instituto político atraviesa necesariamente por desenmascarar las infatuaciones, errores y excesos de sus representantes en el poder, en este caso el gobernador MMT y su “delfín” Javier López Zavala (JLZ).
De ese modo, paradójicamente, el presidente municipal del PRI reivindica el verdadero sentido de la “lealtad” a su partido, presentándose adrede como “desleal”, provocando que no pocos observadores, periodistas y correligionarios caigan en la trampa, acusándolo de “traidor”, no a MMT o a JLZ, sino al partido.
Lo que no percibieron los anteriores es que Meza Viveros tiene el valor civil, el arrojo, de reivindicar –reiteramos- el verdadero significado de la palabra lealtad, esto es, el respeto a los principios, valores y plataforma ideológica de su instituto político, que en no pocas ocasiones suelen ser pisoteados por quienes gobiernan en su nombre, perpetrando todo tipo de atropellos que terminan por desprestigiar al anterior.
Al mismo tiempo, el máximo representante del tricolor en el municipio de Puebla le envía a sus conciudadanos el siguiente mensaje: en la noche oscura de la decadencia política que vive Puebla bajo el mandato de MMT no todos los priístas son pardos, esto es, no todos los militantes del tricolor avalan los errores y excesos de la gestión de éste.
De ese modo, pues, Meza Viveros realiza una operación que, lejos de desprestigiar a su partido, por el contrario lo enaltece, por el simple hecho de poner de relieve que en el PRI continúa habiendo gente pensante y digna…pese a que en ocasiones pareciera lo contrario.
Por lo demás, el líder municipal del tricolor no es un militante común y corriente: es un individuo que representa (sin negar, desde luego, su propia personalidad) la corriente del ex gobernador de Puebla, Manuel Bartlett Díaz, quien según los incondicionales de MMT apoya todas las decisiones políticas de éste. De ahí que, sin forzar mucho la imaginación, podríamos deducir que las declaraciones de Meza Viveros encierran un mensaje inequívoco: no señores, es totalmente falso que el ex gobernador haya visto con buenos ojos la candidatura de Javier López Zavala.
He ahí otro golpe rotundo a las aspiraciones del anterior a la gubernatura de Puebla.
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Tiene razón el columnista Arturo Rueda cuando califica como “esperpento” el deslucido “destape” de Amy Camacho como candidata a la alcaldía por parte de personalidades vinculadas a una conocida instancia cívica dedicada a la defensa de la ecología.
Ciertamente ese tipo de jueguitos debilitan a la Coalición que encabeza Rafael Moreno Valle, quien si algo necesita es de aliados serios, que conozcan a fondo ese negocio tan peligroso –y apasionante a la vez—que es la política.
No comparto con Rueda la idea de que “la política es cosa de los políticos”, pero entiendo su razonamiento. Yo creo, por el contrario, que la política es algo demasiado serio como para dejarla -parafraseando a Churchill- exclusivamente en manos de los políticos. Si algo ha puesto de relieve nuestra endeble democracia -sobre todo en Puebla- es que cuando los profesionales de la política (a través de sus partidos) monopolizan el quehacer político, la política (disculpe el lector tanta reiteración del vocablo en este párrafo) termina por convertirse en una actividad antisocietal, no sólo por el hecho de excluir al llamado ciudadano común y corriente, sino por sancionar reglas del juego que sólo comparten los políticos profesionales, más allá de su ideología y de su organización. ¿A qué reglas me refiero? A los “negocios en oscurito”, a las concesiones recíprocas que suelen darse aquellos cuando están en juego determinados negocios y transacciones que vulneran el erario público, etc.
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En uno de sus escritos más célebres, Max Weber sostenía que “el político debe tener amor apasionado por su causa, ética de su responsabilidad, y mesura en sus actuaciones”.
A esas cualidades podríamos agregarles las “tres C” que mencionaba don Jesús Reyes Heroles: “cabeza, corazón y coraje”. En efecto, el político debe tener inteligencia, amor por sus semejantes, y arrojo, valentía.
Estemos más cerca de Weber o más de don Jesús, creo que en lo fundamental los dos tienen razón. En efecto, no basta que el político esté convencido de su causa: también debe tener la audacia suficiente para lograr sus objetivos, y desde luego la inteligencia para lograrlo. Si bien debe tener mesura, también debe ser desmesurado en su afán de transformar la realidad, a fin de servir a sus semejantes.
Hago esta reflexión a la luz de la alianza que acaban de firmar el PAN, el PRD, el PANAL y Convergencia. Aunque conozco quiénes la impugnaron (me refiero a las “tribus” y personalidades del PRD que sostienen vínculos con el gobernador Mario Marín Torres y su delfín, Javier Zavala), desconozco quienes fueron sus principales artífices: es decir, los actores de carne y hueso que hicieron posible tal acuerdo.
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Rafael Moreno Valle (RMV) ya superó el primer escollo: esto es, ganar la candidatura al interior del Partido Acción Nacional (PAN). Ahora viene lo más difícil: enfrentarse al aparato de Estado que promueve la candidatura de Javier López Zavala, delfín del gobernador Mario Marín Torres.
Sin temor a equivocarnos, podríamos afirmar que RMV es el primer candidato fuerte que tiene el blanquiazul en las últimas décadas, ya los abanderados que este partido lanzó en las coyunturas anteriores no se distinguían precisamente por su carisma y por su voluntad de poder.
Moreno Valle tiene otra virtud que han pasado por alto los estrategas del PRI: es un hombre que tiene la posibilidad de revivir al electorado “duro” del PAN: esto es, las clases medias. Si bien éstas en términos económicos están en proceso de extinción, constituyen aún un vasto conglomerado que está muy lejos de haber dicho su última palabra en lo concerniente a sus posturas políticas. En los últimos procesos electorales se han retirado prácticamente del escenario, debido principalmente a su escepticismo, a su apatía, y a sus frustraciones. Esto es de comprenderse, tomando en cuenta que sus antiguos aliados las han dejado solas. Me refiero, en particular, a los núcleos dirigentes de la iniciativa privada, quienes fueron cooptadas por el PRI, tal como lo puso de relieve la vergonzosa alineación de los principales líderes empresariales con el gobernador Mario Marín Torres, quien les otorgó todo tipo de prebendas con tal de tenerlos a su lado.
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Como es del conocimiento público, el pasado sábado el Consejo Nacional del Partido de la Revolución Democrática (PRD) aprobó la alianza con el PAN en cuatro estados, incluyendo Puebla. Esta decisión tendrá, sin duda, un efecto decisivo en la coyuntura electoral que se avecina, tal vez no en términos numéricos (ya que el electorado del partido del sol azteca es muy reducido) pero sí en términos simbólicos, ya que el solo hecho de que los ciudadanos observen que dos de los principales partidos políticos del país decidan marchar juntos en aras reorientar el destino político de nuestro estado puede convertirse en un factor que los motive para pronunciarse a favor de la coalición.
Estamos muy lejos de pensar que la alianza PRD-PAN garantiza la derrota del delfín marinista, Javier López Zavala, empero sí pone un grano de arena muy importante para la cristalización de tal objetivo. Ahora lo que falta –aparte, desde luego, de la ratificación del PAN de tal iniciativa—es resolver las siguientes cuestiones:
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Que me disculpe Andrés Manuel López Obrador, pero se equivoca rotundamente cuando sostiene que la posible alianza PAN-PRD “representa los intereses de los mismos grupos que han mantenido en la pobreza a millones de mexicanos”. (Vid. La Jornada de Oriente, 1 de febrero de 2010).
Si AMLO viviera en Puebla estoy seguro que cambiaría de parecer: se percataría de lo incómodo -si es que no terrible-, que significa vivir en una entidad sujeta a los caprichos y arbitrariedades de un gobierno caciquil, que hace lo que le da la gana sin que exista fuerza alguna que lo frene. Tal como observa Héctor Aguilar Camín, nuestro Estado es un ejemplo típico del “Feuderalismo” que se ha implantado en algunas entidades de la República (Oaxaca, Veracruz, etc.), en las que los gobiernos locales han alcanzado victorias “sólo imaginables en el antiguo régimen: resultados del antiguo régimen con reglas del nuevo” (Vid. Milenio, 1 de febrero de 2010).
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Ayer, en Cambio, la periodista Selene Ríos Andraca publicó una nota intitulada “El gobierno estatal se fusiona con el PRI”, señalando que más de 50 funcionarios de primer y segundo nivel -aparte de varios legisladores-, formarán parte del aparato destinado a conducir el proceso interno destinado a la designación de los candidatos del tricolor.
Si el gobierno de Marín Torres no se caracterizara por el uso patrimonialista del poder de ningún modo debería preocuparnos tal situación: en casi todos los países suele presentarse una colaboración muy estrecha entre los funcionarios estatales y sus correligionarios partidistas, sobre todo a la hora de los procesos electorales.
Pero en Puebla tal situación sí debería alarmarnos, ya que ello puede traer consigo un verdadero despojo del erario público y, lo que es más grave, amenaza con retrotraernos a los tiempos del cacicazgo avilacamachista, época en la que el aparato estatal era utilizado descaradamente como un apéndice de la maquinaria partidista. Coincido, en ese sentido, con el columnista Arturo Rueda cuando escribe que “el marinismo no sólo tiene el dudoso honor de revivir prácticas políticas de los años cuarenta como la bufalada, sino también en preparar una elección de Estado que ronda -si no es que pisa claramente-, la ilegalidad“. (Cambio, 25 de enero de 2010).
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La delegada nacional del partido del sol azteca, Martha Dalia Gastélum, señaló el lunes pasado que la alianza que pretenden conforman el PAN y el PRD en Puebla es simplemente una estrategia política, en la que no se están poniendo a consideración las ideologías de los partidos (Vid. www.laprimeradepuebla.com, Martes, 19 de enero de 2010, nota de Jesús Lemus. Los subrayados son nuestros).
Coincido totalmente con aquélla : ciertamente –y esto lo he dicho en más de una ocasión en este espacio-- una alianza entre ambos partidos no implica de ningún modo que renuncien a su ideario político o a su plataforma programática.
¿Es que acaso por el solo hecho de llegar al acuerdo de derrotar al marinismo en el proceso electoral que se avecina tales organizaciones renegarán de sus postulados? Esto es absurdo. Lo único que harían es ser sensibles al clamor ciudadano que exige la salida del grupo que detenta el poder en nuestra entidad, y que amenaza con perpetuarse caso de que el delfín del gobernador logre salir victorioso en las elecciones.
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El rector de la BUAP, Enrique Agüera Ibáñez, anuncio ayer un proyecto ambicioso encaminado a fortalecer las unidades regionales de la entidad y de la capital, con la intención de consolidar el crecimiento y calidad académica de la institución. Agregó que durante los próximos dos años se construirán ocho nuevas preparatorias y más de 150 espacios para docencia universitaria, todo lo cual permitiría ampliar la matrícula en más del cincuenta por ciento (Vid. La Jornada de Oriente, 12 de enero de 2010, nota de Arturo Alfaro Galán). “Estos ambiciosos proyectos -expresó el rector-, garantizarán la permanencia y el apuntalamiento por la defensa de la universidad pública, con mejores herramientas para impartir una educación de calidad (...) Al mismo tiempo, permitirán mejorar la calidad académica, los proyectos de investigación, ya que mientras que en el país ingresan 27 de cada 100 estudiantes que aspiran a estudiar una licenciatura, la UAP logrará incorporar a más 50 de cada 100 que lo demandan”.
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Enrique Doger Guerrero, por su parte, tiene ante sí el desafío de demostrarlo a sus conciudadanos que un rector de la BUAP puede ser un buen gobernador, siempre y cuando, obviamente, logre convertirse en abanderado del PRI a la gubernatura.
Digo lo anterior porque el hombre que sustituyó a Rafael Moreno Valle como primer mandatario, esto es Gonzalo Bautista O’Farril, fue también rector de nuestra máxima casa de estudios durante los años de 1953-1954, desarrollando un brillante papel al frente de esta institución.
Lamentablemente fue un pésimo gobernador. Pero no nos adelantemos.
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