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El linchamiento mediático de cierto profesional de la política que promueve cierto grupo de peritos de la vida partidista y la cosa pública es potencialmente un riesgo cultural para toda la sociedad. A nadie beneficia la exhibición de la intolerancia, el denuesto y la injuria en contra de un ciudadano –oportunista u oportuno, ese es otro asunto- que en ejercicio de sus derechos políticos –con razón o sin ella, este es otro debate- expresa sus opiniones. Finalmente –y este si debiera ser punto de discusión- este político que hoy es denostado y convertido en enemigo de “El Partido” fue una creación de la jerarquía política del sexenio pasado.
Esta innecesaria promoción de amenazadoras unanimidades es una siniestra lección de exaltación sectaria. No debemos olvidar que la violencia lingüística –escrita y oral- abona la tierra para la indeseable violencia física y, además, propicia el enfrentamiento de ciudadanos. Por el bien de la convivencia social no debemos aceptar esa degradación del debate político. La praxis política debe ser un ejercicio del pensamiento ilustrado no un certamen de escarnios de uno y otros. No debemos aceptar la naturalización del chisme y la bajeza como técnicas de discusión política. Porque la calidad del diálogo ciudadano que establezcan hoy los protagonistas de la clase política determinará la legitimidad de nuestra vida democrática y el perfil de los futuros gobiernos que próximamente constituiremos con nuestro voto.
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Eso somos la mayoría de los ciudadanos comunes y corrientes.
Los que no pertenecemos a las elites políticas, ni económicas, sólo miramos el desarrollo de la obra en las páginas de los diarios, en las líneas de sus columnas y –este es caso- en las fotografías de sus reporteros gráficos.
El pasado sábado 23 apareció en la primera página de El Sol de Puebla, completando la nota de Belem Cancino sobre la celebración del cumpleaños de Javier López Zavala, una extraordinaria fotografía sin indicación de autoría.
En primer plano y de píe, aparecen el gobernador Mario Marín Torres –pantalón gris, camisa azul y Mont Blanc Skywalker en la bolsita- que mira sonriente hacia su derecha algo que con la mano izquierda –reloj Philippe Patek de platino en la muñeca- le señala Javier López Zavala, el emocionado hombre del cumpleaños que está enfundado en una camisa blanca.
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E por esto dezía Ovidio en el primero libro de metamorfoseos cómo todas las cosas animadas e movibles por luengo guardan la tierra e tengan la su cara girada a ella. La natura ha dado al hombre la cabeça alta por que mejor pueda guardar los cielos, e quasi le manda que muchas vezes gire e lieve la su cara al cielo e a las estrellas, por que parece que el ombre no deve poner todo su pensamiento en las cosas terrenales, mas en entender las celestiales.
Consolatio Philosophiae de Boecio (Libro V, Quinto metro)
Nuestro amigo Jaime Díaz Hernández murió unos días antes de la navidad, el 22 de diciembre del 2009. Jaime tenía apenas 49 años de edad y era valioso académico y talentoso funcionario público promotor y divulgador de la ciencia.
Al morir era director general del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Puebla. Pero antes fue director de divulgación científica de la Vicerrectoría de Investigación y Posgrado de la BUAP; secretario administrativo de la Facultad de Física y Matemáticas; y consejero universitario de su misma escuela, tanto como alumno como profesor.
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Rescatada de los amarillentos folios de un archivo privado perteneciente a una distinguida familia poblana –cuyo apellido insigne no citaré en estas líneas debido a un estricto compromiso que selló mi pluma- han sido algunos capítulos de la vida licenciosa de don Carlos de Sigüenza y Góngora.
La esforzada e intuitiva investigadora que tal descubrimiento ha consumado es la maestra en mejicanas literaturas y diabólicas paleografías novohispanas que por nombre lleva Diana Hernández y egresada que fue de la docta escuela artes dialécticas y humanidades de la benemérita universidad que asiento lleva en el edificio llamado Carolino ahora se desempeña como secretaria particular del doctor Alejandro Palma quien es el sabio que dirige la facultad de filosofía y de letras del centenario claustro.
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Tal es el nombre del nuevo libro del profesor Pedro Ángel Palou Pérez, publicado por la Presidencia Municipal de la Puebla que encabeza Blanca Alcalá Ruiz, a través del Instituto Municipal de Arte y Cultura que dirige Pedro Ocejo Tarno. Este será presentado mañana jueves 19 de noviembre a las 18:00 horas en el salón del Cabildo del Ayuntamiento de Puebla, por don Guillermo Jiménez Morales y por don Guillermo Pacheco Pulido.
Es un bello de libro de 128 páginas en cuya portada vemos una fotografía tirada a los pocos días del sitio a la casa de los Hermanos Serdán y que pertenece a la colección particular de José Luis Diez de Urdanivia. En esta foto observamos la fachada acribillada, un carruaje, la entrada de la casa sin portón, un grupo de curiosos atisbando por una de las ventanas del primer piso; y en lo alto, asomándose por la cornisa del techo de la casa, un vigilante, posiblemente un centinela policiaco.
Esta obra del profesor Palou –así lo consigna su página legal- es una aportación municipal al Comité organizador de las celebraciones del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución en el Estado de Puebla.
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Recuerdo una definición que hoy puede ser útil. Es de Trotsky: la política es el procesamiento racional de las diferencias sociales. Es valiosa por la recuperación que hace de dos rasgos fundamentales de ese quehacer que llevado a la excelencia se convierte en arte: el carácter racional de la actividad política y la naturaleza conflictiva de la vida social. Por esto, la degeneración banal que de la política han consumando sus profesionales, devenido ha en antipolítica. En actividad mercadológica carente de ideas.
La política se ha convertido en espectáculo y el espectáculo es, por su vacua naturaleza, banal. Es simple representación para-teatral. Ya sin contenidos, sin significados, la política es repetición en escena. Y en tanto carece de significado adolece de identidad y puede ser –su discurso- intercambiable: puede ir de un partido a otro porque ya no hay ideología que los individualice. Lo mismo son para el pueblo (si aun existe) porque no son alternativas para su mejoramiento sino vías de riqueza para los profesionales del espectáculo político.
No descarto -todavía- la posibilidad de que existan individuos de diversa condición moral pero –ahora- en el elenco contemporáneo del poder, son predominantes los narcisistas, los vanidosos y los tontos. Hombres autoritarios que no respetan la ley, que no promueven los derechos humanos, que no trabajan por la justicia social.
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(De la naturaleza transformadora de la idea liberal en acción)
“...ni siquiera el vértigo de las transformaciones
incesantes vuelve por entero anacrónica la
tradición radical, sustentada en la escritura,
la búsqueda del conocimiento, la tolerancia
y el uso de las libertades”
Carlos Monsivaís
(Las herencias ocultas del pensamiento
liberal del siglo XIX)
Ante el fracaso político del PAN y la caída vertical del PRD, el PRI se alza como la única alternativa política de solución a los acuciantes problemas de México, bajo la condición de que recupere su tradición liberal y la ponga al servicio del constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.
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Me parece pertinente que la diputada Rocío García Olmedo haya citado a Cicerón - durante la ceremonia luctuosa del sexagésimo primer aniversario de la muerte de Carmen Serdán. Sin embrago, en beneficio de la comprensión cabal del romano, por parte de los hipotéticos lectores, aporto la siguiente versión del aforismo referido por la legisladora: "La política debe ser disputa entre ciudadanos observantes de la ley; no reyerta entre individuos sin honor".
Y esto va porque la anomia, la ausencia de reglas y/o la promoción de su falta de observancia, nos aleja de la república y nos lleva a la selva. Esta es la coyuntura en la que hoy los espectadores (que no ciudadanos porque como se columbra “el ciudadano” sólo es una categoría ficcional y no una entidad histórica actuante) estamos frente a las escenas tópicas del teatro universal del poder.
Pero también ante la ausencia de propuestas programáticas y de proyectos de gestión pública en beneficio de la población. ¿Alguien ha dicho algo sobre el ingreso corriente, el rezago educativo, las condiciones de acceso a la salud y la calidad de la vivienda del pueblo?
No. En esta disputa sólo vemos el enfrentamiento de individuos que buscan una nueva y superior posición de poder político. Y, complementariamente, sólo leemos la crónica frívola de sus actos pergeñada por aquiescentes redactores que ponderan –inventan- virtudes, tasan indumentarias, interpretan gestos, encomian costumbres alimentarias y sobre-interpretan declaraciones y circunstancias. Improvisados biógrafos -de palabras sastres- de perecederos poderosos son los que obsecuentes garabatean, que no significan, en los días de la patria. Han elegido a sus héroes.
Lector que me sigues. ¿Y si el ciudadano (el hombre que en libertad participa y con juicio elige) no existe, habría entonces que crearlo? Tal vez. A no ser que nunca haya existido. O que haya irremediablemente muerto. Si, seguramente, esta es la sentencia a escribir con letras de arena en las encrucijadas de las ciudades: El ciudadano ha muerto (le sobreviven los profesionales).
Y en consecuencia, el pueblo, es decir, la suma de ciudadanos en ejercicio de sus atribuciones de discernimiento y elección política, tampoco existe. En triste cambio, somos muchedumbre anónima, precaria y maleable por los peritos.
La capacidad o facultad electoral ha sido expropiada a los llamados ciudadanos comunes (no existen y es irrelevante saber si existieron alguna vez o han muerto) por esos profesionales de la política que son los funcionarios, los líderes partidistas, los empresarios, los clérigos, los mercadólogos y los periodistas.
Signo de extenuación de la salud de la convivencia social son la vulgaridad de las públicas expresiones verbales y escritas. Sin embargo, la explicación de la naturaleza de esta coyuntura es simple: estamos frente al teatro de la política de intereses personales y muy lejos de la gestión de la política social de convicciones y principios. Pero esto, benévolo lector, aun cuando significa la bancarrota de la moralidad pública, no es algo nuevo bajo el sol.
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Eduardo Lizalde (14 de julio del 1929; Ciudad de México) es un caso singular en la historia literaria mexicana. Es un renegado, un apóstata que abjuró de los dogmas de su fe estalinista y, por medio de una brutal des-ilusión, instauró un mundo poético que bien podría nombrarse –por oposición - el Jardín Maldito.
Eduardo Lizalde es –fue- un relapso de la iglesia laica del comunismo, un infiel que renunció al opio de los intelectuales.
Es un poeta que, en el ámbito de lo simbólico, trasgredió mediante una personalísima poética del mal las instituciones sentimentales y retóricas de su tiempo, al publicar, en 1970, El tigre en la casa.
Un poeta que bebió en las fuentes clásicas, en las francesas y en las aguas ardientes del Modernismo Mexicano (Ramón López Velarde, Efrén Rebolledo y, por supuesto, Manuel José Othón).
Después de su expulsión del Partido Comunista Mexicano, en 1960, Eduardo Lizalde inició el largo trabajo de instauración de su nuevo mundo.
Una vez echado fuera del paraíso dogmático por los comisarios de la utopía, Eduardo Lizalde transformó radicalmente su poética. Transitó del expreso compromiso político (La mala hora, 1956) al malditismo (El tigre en la casa, 1970) a través de un profundo proceso de renovación –de transfiguración de sí mismo- representado en Cada cosa es Babel (1966), un poema de corte filosófico en el que el poeta, por medio de una reflexión sobre la relación del nombre y el referente redefine los nexos entre la palabra y la cosa, entre el hombre y el mundo, hasta arribar a la concepción de la poesía como instrumento de trasgresión y destrucción simbólica de la realidad. Dicho con otras palabras: lo que no fue capaz de realizar la utopía, la poesía lo consumó.
Eduardo Lizalde se asumió, en su jardín vicioso, como un cínico Adán que nombró otra vez las cosas, creando alrededor suyo un bestiario y una flora alegóricos con los que pobló, confirió nuevo sentido y humanizó violentamente el mundo.
Eduardo Lizalde es un poeta maldito pero no es un marginal, toda vez que actúa desde el corazón mismo del status quo cultural. Recordemos: además de ser Premio Nacional de Letras y Lingüística (1988), es director de la Biblioteca de México José Vasconcelos y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
Recordemos también que Walter Muschg al referirse a los poetas malditos, afirmó que, después del Romanticismo “(…) La enemistad del artista contra el burgués se hizo mortal. El artista perdió sucesivamente el derecho de ciudadanía exterior e interior en la sociedad y pasó a ser un parásito, un fugitivo que debía contar con su ajusticiamiento (...) Fugitivos de la clase burguesa, los artistas aparecieron ahora junto a los resignados. Prefirieron la proscripción e inventaron la existencia secreta en el seno de las grandes ciudades modernas. A sus ojos el anatema del ridículo o de la criminalidad era el título de nobleza que distinguía al poeta en una época agonizante (...) En las grandes ciudades, sobre todo en París, este santuario de la libertad artística, se reunió todo lo que no quería someterse al desencantamiento del mundo (...) En esta sima, los poetas fueron los primeros que expresaron la corrupción inconmensurable de Europa y señalaron lo desesperado de su situación."
Hoy cumple ochenta años el poeta que en su adolescencia vivió en el barrio de San Francisco cinco años que fueron –son palabras suyas- una de sus grandes tragedias. El próximo domingo 19 en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes le rendirán homenaje Ernesto de la peña, Vicente Quirarte y Evodio Escalante.
Celebro el aniversario del maestro, alzo mi copa y cito sus versos –son del Cave Carmen: Quien tentado sea por el demonio de las musas, / y en especial por la helénica Polimnia, / justamente olvidada / y se ponga a producir poemitas, / corre el riesgo seguro de nunca alcanzar gloria, / mucho menos fortuna. / Sólo en extraños casos lo consiguen / algunos elegidos, / y casi siempre por razones / ajenas a la literatura. / (…) ¡Alto, poetastros, cuidado con el verso! / porque muerde mas fuerte que los canes.
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