El costal del Chentuco

El Chentuco

 


Lunes, 07 de Septiembre de 2009 14:27
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Salí del mareo tan acostumbrado que me lleva por todas partes de la historia de esta hermosa ciudad de Puebla…. ¡mi ciudad! Y cuando recobré total conciencia, me dí cuenta que me encontraba en una de las vecindades de  la calle seis oriente, justo enfrente de la iglesia de santa Clara. Muchas veces estuve de niño en este templo al lado de mi madre cuando oficiara misa solemnemente don Rodrigo, un sacerdote catalán que gustaba mucho que se le llamara así “Don Rodrigo”.

La vecindad estaba compuesta de varias viviendas que consistían de una pieza, y que a veces estas piezas servían de bodega a los mercaderes del cercano mercado de la Victoria, que se encontraba al oriente, a una escasa calle de distancia.


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Sábado, 22 de Agosto de 2009 05:00
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Me encontraba tan a gusto mirando mi viejo papel de estraza cuando este mareo al que cada vez me acostumbro menos me llevó a la esquina de la catorce poniente y la cinco norte. Cuando las cosas se aclararon vi que era 1965. Los cargadores del nuevo mercado de la ciudad de Puebla, ubicado en la 16 poniente entre la cinco y la tres norte, corrían a sus labores cotidianas, eran las cinco y media de la mañana de aquel venturoso día 19 de diciembre.

En los patios de las casas, aún se advertían los restos de las piñatas que habían sido motivo de la fiesta de la posada del día anterior. Muchas serpentinas y confeti estaban  regados por los patios aun sin barrer y algunos dulces, piñones y tejocotes escondidos entre los lavaderos y las cubetas apiladas junto a ellos, se habían salvado de momento de ser la golosina de alguno de los niños que habían participado en esta posada.


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Martes, 04 de Agosto de 2009 18:00
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Eran las cinco de la mañana de aquel 12 de enero de 1953 según supe por la plática que sostenían don Epifanio (el Pifas para los cuates) y don Trinidad (don Trini), ambos cargadores de la fruta que se guarda en las bodegas en las que se han convertido la mayoría de las viviendas de la seis poniente, antiguamente la calle de los gallos, mientras esperaban que llegara el señor León para entregarles sus carritos de mano con los que se ganaban el sustento acarreando la fruta y las verduras a diferentes lugares de la pequeña Puebla de esos años.

Doña Tomasita, les vendía café con canela bien caliente a todos aquellos hombres conocidos como los “cargadores de la Victoria”, debido a que su “base de operaciones” era la entrada de la seis poniente y la tres norte, del mercado conocido como “La Victoria” que según decían mis abuelos fue construido allá por 1876 a 1914 durante el mandato de Don Porfirio y erigido en honor del presidente y héroe de la patria Don Guadalupe Victoria.


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Lunes, 20 de Julio de 2009 18:00
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El cuatro de junio de 1864, a eso de las ocho y media de la noche, llegaron de Veracruz los “emperadores” de México y como venían muy cansados se dirigieron directamente a la casa del obispo en el barrio de Xonaca.

Una vez ahí, escuché al capitán de la guardia que acompañaba a los “emperadores” dar las instrucciones a sus acompañantes para que montaran guardia en los alrededores de la casa para evitar cualquier sorpresa o susto a los señores emperadores.

-Mire sargento, me pone un destacamento en cada una de las esquinas de la cuadra y no me dejan pasar a nadie que no traiga un salvoconducto del obispo o de cualquier otra autoridad reconocida por nosotros, no sea que se nos cuelen algunos de esos revoltosos y le hagan pasar un mal momento a sus majestades.


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Lunes, 06 de Julio de 2009 18:00
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¡Ah que bien se siente estar acostado en esta banca tan amplia y bien construida!, aunque los parroquianos caminen a mi alrededor, nadie me molesta con sus miradas discretas y a veces mal intencionadas como en mi vida terrenal, cuando las madres me señalaban y amenazaban a sus hijos con que yo me los robaría para comerlos con salsa picante. ¡qué madres aquellas, me trataban como si yo no hubiera tenido una madre que me cuidara y me quisiera cuando fui niño, pero Dios me la quitó muy pronto, dejándome tan solo al amparo de la vida misma, la que me enseñó que ser bueno era causa de mucha debilidad y hasta motivo de abuso por parte de quienes no eran buenos.


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Miércoles, 17 de Junio de 2009 18:00
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Este mareo ya me tiene acostumbrado a él. Aunque sé que cada vez que lo siento voy a viajar en el tiempo, así que ya lo tomo “con filosofía” como dicen los estudiantes de la universidad de Puebla.

Cuando vivía, allá por los años de 1959 o tal vez en 1960; mis caminos siempre se cruzaban con los de los estudiantes de esta universidad que se encontraba en la esquina de la cuatro sur y la avenida Maximino Ávila Camacho.

Pero en esta ocasión después del mareo que sentí la última vez, me encontré de pronto en un recinto en donde se encontraban reunidos varios sacerdotes a juzgar por su atuendo y en donde se decía que gracias a una donación importante de un comerciante de grana se había aprobado la creación de una escuela de educación superior por el entonces cabildo de la muy noble y leal ciudad de la Puebla de los ángeles. Alguien por ahí mencionó la fecha en la que estábamos: 15 de abril de 1587 y se ponían de acuerdo estas personas en el nombre “que debería llevar en adelante la naciente institución”.

Después de varias intervenciones y palabras que a mí me sonaban desconocidas se tomó el acuerdo de llamarlo “Colegio del Espíritu Santo”, solicitando en una oración dicha en voz alta por don Diego López de Mesa. Recuerdo que decía algo como esto: “Tu Señor Dios, que nos has permitido llegar hasta estas tierras, permítenos a los aquí presentes, perpetuar tu espíritu universal entre aquellos que habrán de consagrarse a los estudios entre los nacientes muros de este colegio….”

Mi acostumbrado mareo me llevó unos años adelante, supongo que no muchos pues la ciudad se veía casi igual. Mi sorpresa fue grande al ver que este mismo edificio era ocupado por los soldados de la corona y lo que habían sido salones, ahora eran bodegas.

El cabo de guardia platicaba con el centinela apostado a las puertas del edificio:

-“Pues ya le digo mi sargento, se escuchan rumores de que los curas van a regresar a este edificio porque ya los volvieron a admitir en esta colonia y a nosotros nos van a mandar allá por el barrio de Analco”

- “Ps´ta feo ¿no mi cabo?”. Ya vé usté que el tal barrio nos queda como a media legua de camino y dicen que pasando el puente que mandó construir el señor Ovando, las ánimas de los sepultados en él, andan penando y aunque llevemos carabina, p´s no les podemos hacer nada. Imagínese que se nos aparezcan cuando crucemos solos por ahí…”

-“No sea miedoso mi sargento, si ya están poniendo lámparas de aceite para alumbrar el camino…”

Un pequeño mareo me llevó al año de 1790, donde ya se habían agregado algunas construcciones más a los solares del antiguo edificio al cual escuché que le llamaban el Carolino.

Para entonces la ciudad había crecido un poco más y las calles comenzaban a estar empedradas. Tarea que se había echado a cuestas el ayuntamiento de la época y las lámparas de aceite del alumbrado público ya iban desde la seis sur hasta la 11 norte, sobre la calle del ayuntamiento, la que en mi vida llevara los nombres de avenida Maximino Ávila Camacho y Reforma.

Un nuevo mareo me llevó hasta el año de 1871, donde pude ver entre los mismos muros de este edificio a un hombre de rasgos indígenas de cara muy oscura y pequeña barba a quien sus amigos apodaban el nigromante. Era un hombre muy respetado entre la comunidad del que ahora se llamaba colegio del Estado. No tuve tiempo de saber si era maestro o alumno porque de nuevo el tiempo en sus caprichoso ir y venir conmigo, me llevó hasta el año de 1975, esta vez me encontré en la oficina que se encuentra en la parte superior de la que se conocía como sala de proyecciones, en la esquina que forman la cuatro sur y la tres oriente. Ahí se encontraban reunidos el ingeniero Luis Rivera Terrazas, porque así escuché que le nombraba un hombre de pequeña estatura y que era miembro del partido comunista de Puebla, alcance a escuchar parte de su conversación:

- “Pues si Ingeniero, ahora que ha ganado la rectoría y que se perfila su programa de trabajo como viable, tenemos que pensar en los alumnos y los trabajadores universitarios….”

El interpelado respondió sin perder su característica sonrisa:

-Mira Salgado, tu me vas a  ayudar para que agilicemos los trámites ante el gobierno federal para que nuestro programa educativo humanista, científico y técnico sea una realidad, empezaremos…..”

Una vez más este acostumbrado mareo me llevó a otro sitio de mi querida ciudad y de repente me vi en el jardín que está fuera de la iglesia de Santiago, en el barrio del mismo nombre donde en cuyas bancas hechas de cal y mortero… tantas noches descansó mi cansado y viejo cuerpo.

Continuará…
 
Mantente pendiente de las aventuras del viejo Chentuco, recuerda que cada 2 semanas se publica una nueva vivencia de este fantasma vagabundo, acompáñalo a recorrer los sitios más distintivos de la bella Puebla capital, espéralo. 

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Lunes, 08 de Junio de 2009 18:00
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Otra vez el mareo y la lejanía de voces y cuando pasó, llegué al barrio de San Antonio a eso de las nueve de la noche. A esa hora de ese mes y año, la mayoría de las personas ya se encontraban en sus casas. Recuerdo que cuando era niño, mis abuelos contaban historias entre ellos de aquel lugar, las que a mí me parecían fabulosas.

Decían que a iniciativa de un hombre llegado de España, el ayuntamiento de esa época, había consentido en que en ese lugar se ubicaran las casas de la nueva colonia española que había llegado a la ciudad.

Estas personas en su mayoría de Castilla, se dedicaban en forma casi exclusiva al comercio de la carne y la curtiduría y algunos de ellos a una naciente industria llamada hilados y tejidos textiles. Todos ellos muy hacendosos y como eran muy solventes compraron grandes parcelas para hacer sus casas, las que contaban con jardines y espacios para caballerizas y cocheras.

Platicaban los abuelos que entre los requisitos para dar el permiso de este nuevo asentamiento se encontraban el dejar un espacio para un jardín público donde se llevarían a cabo las tertulias y algunos festejos cívicos, además de un espacio donde se construiría un templo para que la educación moral y espiritual también tuvieran espacio donde desarrollarse. Así que el jardín quedó en medio de la nueva colonia española y la iglesia con su gran atrio, quedó a un costado de este jardín. Donde se encuentra hasta estos días.

La nave de la iglesia es muy amplia lo mismo que su atrio y a un costado cuenta con un colegio para infantes que en algún tiempo sirvió como colegio sacerdotal y en el cual recibieron ayuda física y espiritual muchos de los habitantes de esa zona de la ciudad.

Las casas todas construidas de buenos tamaños, tenían hermosas fachadas que contrastaban con las fachadas de las casas del cercano barrio de Xanenetla.

Hasta los días de mi vida física, éste era;  junto con el barrio del Alto, el rincón más colonial de mi hermosa ciudad. En ellos el tiempo se quedó inmóvil y se resiste a irse de ese lugar

Pero eso era en los tiempos de mis abuelos. Hoy que estoy en la esquina que forman la 24 poniente y la calle cinco de mayo, comienzo en mi forma fantasmal a dirigirme hacia el jardín que prácticamente divide la 24 poniente y la 28 poniente, quien sabe porqué se les olvidó la 26 poniente, aunque ahora recuerdo otra historia que se platicaba en el mismo barrio acerca de este “olvido”. Pero eso se los contaré después.

Recorrí el parque, tan solo acompañado a esas horas de tres parejas, una de ellas entregada a los arrumacos del amor y otras dos que pasaban por el lugar. El parque estaba sumido en la penumbra y en la acera de enfrente se veían algunas puertas abiertas de donde escapaba la luz.

El barrio ahora había perdido la esplendidez  de los días de mis abuelos. En este tiempo más bien era un lugar lleno de vecindades donde caminar en las noches era hasta cierto punto peligroso. Aunque yo lo podía hacer porque si me vieran ahora ellos serían los asustados y no yo.

Ahora había siete cantinas, una pulquería y mucha pobreza en el lugar. Las que fueran hermosas casas ahora eran vecindades multifamiliares cuyas viviendas consistían en una o dos piezas con servicio de sanitario comunitario y en el mejor de los casos, de un pequeño departamento de tres piezas y un sanitario propio.

Eran viviendas grises, oscuras por las noches, con tendederos de ropa cruzando los patios y cubetas apiladas, bicicletas amarradas con cadenas al exterior de los domicilios y mucha basura apilada en un tambo o un huacal para ser desechada cuando pasara por ahí el camión recolector.

Volví a ver en la esquina de la 24 poniente y la 3 norte la paletería de “Don File”, aun con el anuncio pintado en la pared: “Paletas heladas de agua y leche”. Más abajo pintado con color verde limón el letrero que rezaba: “Paletas de agua 10 centavos, Paletas de leche 20 centavos”. Y justo en la acera de enfrente doña Concha y don Tomás que a esa hora seguían ofreciendo a los transeúntes sus cemitas de tripitas en hervor con un letrero que decía “Rematamos las de a peso a ochenta centavos”. Acompañaban al comal caliente, dos rejas de 24 refrescos cada una y en donde la variedad de los mismos destacaba por sus colores.

Un poco mas abajo en esa misma acera, las dos cantinas de la güera aun se encontraban abiertas franqueando la entrada de la vecindad a la que pertenecían y desde el interior de una de ellas sonaban los acordes de una canción con ritmo tropical cuya letra decía Amor de cabaret…..que poco a poco me matas….sin embargo yo quieeero……amor de cabareeeet

En mi nuevo estado ingresé a ese lugar y esta vez, no llamé la atención de nadie. Nadie salió a correrme del lugar, nadie noto mi desagradable olor y presencia como antaño. Tampoco me atendieron. Pero pude sentarme en donde yo quise y nadie me echó del lugar.

Observé y escuché a dos hombres que platicaban quejándose de la forma en cómo sus hijos eran educados en sus respectivas escuelas y de cómo se les había enseñado a ellos la educación escolar. Uno decía “No cabe dudad compadre, la letra con sangre entra”
Luego de un breve silencio y una profunda respiración, su interlocutor respondió: “No compadre…..a mi… si la salea de mis hijos me la entregan con tal de que estudien…..bien recibida”.

No entendí bien lo que quisieron decir pero me hicieron evocar los años cuando fui a la escuela primaria y mis recuerdos me hicieron sentir nuevamente este mareo a tal punto que los sonidos se fueron perdiendo y de pronto aparecieron otros….cuando me dí cuenta estaba yo en mi vieja escuela.


Continuará…
 

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Miércoles, 20 de Mayo de 2009 18:00
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Como les dije anteriormente mis queridos amigos, fui flotando más que caminando por la calle cinco de mayo dejando atrás la iglesia de San Juan de Dios, para encontrarme con la iglesia de Santa Mónica  en la esquina de la 18 poniente y la misma cinco de mayo. Al volver mi rostro ¿Rostro?, ¿Es que los fantasmas tenemos un rostro?

Bueno mejor les digo que al mirar en esa esquina, de pronto sentí el tan mencionado mareo y me encontré en la puerta principal del convento de Santa Mónica. Era el día que lo inauguraban allá por el año de 1614, según decía el orador de esa ocasión Fray Pedro Sancho de la Portada, un señor que pronunciaba un idioma español antiguo que muy poco lograba yo entender.

….” Hoy, en este hermoso día del año de gracia de 1614, nos sentimos muy alagados porque al fin alcanzamos la meta de bendecir estas primeras instalaciones de nuestra casa que servirá de alojo y recogimiento a nuestras hermanas de la orden de la Santa Mónica, quien dedicara su vida al servicio de sus semejantes y a la adoración profunda de nuestro Señor Dios”……

En ese momento volví a sentir el mareo y escuchar las voces que tanto me acompañaban en esos momentos para descubrirme ahora en el mes de diciembre del año de 1789, dentro de una de las celdas o habitaciones de las monjas que habitaban el lugar y vi a una mujer llorando que no vestía los hábitos que llevan las religiosas del lugar.

Permanecí un rato mirando esa hermosa cara que en mi vida humana no habría podido disfrutar tanto como en este momento, cuando de pronto se abrió la puerta y entró una monja como de cuarenta años llevando un baúl en el cual se leía el nombre de don  Hernando Díaz de Viera y Constanso. La religiosa permaneció un momento en silencio para después decirle a la joven mujer.

- Ya no llores niña  mía, tu padre te ha enviado a nosotras para evitar que ese truhán que tanto pretende tus amores logre sus propósitos de alejarte de tu buena familia valiéndose de Dios sabe que hechizos y brujerías-

La joven enjugó sus lágrimas con un hermoso pañuelo blanco bordado con encajes y mirando fijamente a la religiosa le contestó:

-Reverenda madre, le suplico me deje salir de aquí, me es menester hablar con don Rodrigo, el amor de mi vida porque me es necesario decirle que llevo en mis entrañas el fruto de nuestros amores. Que Dios ha querido bendecirnos con un hijo, fruto de este gran amor que ambos sentimos y al cual nuestros padres en sus afanes han querido hacernos olvidar, amonestándonos para obedecerles en sus mandatos pero ya el mandato divino ha hecho su presencia en sus servidora y por esta razón que ya os he platicado, es preciso y muy urgente que pueda hablar con mi amado-

-“Niña por Dios calla tus palabras que dichas en este recinto suenan a herejía”-

-“Reverenda madre, herejía es lo que mi padre ha osado hacerme al encerrarme entre estas paredes. Como si con este acto, lograra borra el inmenso amor que don Rodrigo y yo sentimos el uno por el otro”-

-“Necias y más que necias, si no imprudentes son tus palabras amada niña. Seguramente que son producto de la desesperación. Pero piensa que si el Señor ha querido que vengas a morar entre nosotras es para tu redención y para que encuentres la paz interior que haz perdido con tu pecado y nada podrán hacer ni tú ni ese mancebo que abusando de tu inocencia mancilló el buen nombre de tu padre y de toda tu familia y te ha condenado a esta nueva vida. Ora a Dios para que te perdone y devuelva la paz a ti y a toda tu familia, cuyo honor han mancillado tu y ese don Rodrigo que tanto mencionas”……..

Otra vez el mareo repentino me acompañó y miré la misma celda y a la misma mujer en el trance del alumbramiento. Jamás vi tanto sufrimiento, la mujer lucía muy delgada y alcancé a escuchar que decían que el parto se presentaba difícil ya que la criatura venía atravesada. Fui testigo de la muerte de esa mujer al momento de dar a luz a su hijo.

Vi morir a esa criatura a manos de una mujer que se encontraba presente y ponerla entre los brazos de su madre recién muerta y escuché una voz que tenía autoridad decir:

-“Hermana Eduviges, la tumba de esta mujer pecadora a quien Dios haya perdonado, será en una de las nuevas paredes que se están construyendo en la ampliación de nuestro sagrado recinto como lo solicitara su padre para escarmiento de quienes como ella infrinjan las leyes sagradas de las buenas costumbres y advertencia a nuestras novicias y visitantes con el fin de evitar en lo futuro nuevos brotes de estos malos comportamientos”………

La monja solo acertó a abrir demasiado sus ojos tristes y de manera resignada asentió con la cabeza, guardando respetuoso silencio.
 
Esta ves el mareo y el tiempo pasaron muy rápido frente a mí y de pronto me vi detrás de un joven de escasos catorce años, que recorría la planta alta del acuario de Puebla, vi que en uno de su cuadernos decía “Inglés, año de 1971”.

El joven miraba asombrado y un tanto asustado a una momia que se exhibía en una  vitrina del lugar y que tenía un letrero diciendo “Momia encontrada en una de las paredes de un convento angelopolitano”

La momia estaba de pie con una expresión de dolor muy agudo en su rostro y entre sus brazos sostenía a un recién nacido.

Continuará…
 
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Viernes, 01 de Mayo de 2009 18:00
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Corría el año de 1960 cuando me vi en las puertas de la iglesia de San Juan de Dios, allá en la esquina de la 16 oriente y la cinco de mayo, entonces pude verme tan claro como las demás personas me veían. Sucio, maloliente y descuidado. Yo solo veía a los niños que aun acompañaban a sus padres en esos momentos que se les repegaban mucho sin quitarme los ojos de encima, y las madres los jalaban hacia ellas sin ninguna discreción.

 

Los hombres que estaban en esa misa y el sacristán. No se alejaban de sus lugares y trataban de estar a prudente distancia de mí, pero como ya en alguna ocasión había sido corrido de ese y otros templos, me mantuve a distancia de ellos en el atrio de  la iglesia y donde pudiera escuchar la misa. Mi costal negro de la mugre en algunos lados y muy raído en uno de sus extremos contaba también su historia de miserias y pisos tallados. Como yo, el también vagaba por las calles de mi hermosa Puebla.

 

Pero déjenme contarles que aquel domingo sería especial para mí y para todos los habitantes de la ciudad, porque estando en misa a eso de las ocho de la noche, nadie se percató del hombre que salía de atrás del altar, mejor dicho; de un lado del altar mayor y que con toda discreción se mezcló entre los presentes para desaparecer antes de que terminara la misa. No lo volví a ver, sino hasta varios días después cuando en uno de los periódicos con los que acostumbraba a taparme por las noches, leí la noticia de la desaparición del capitán fantasma. Sí mis amigos, así como lo oyen, ese domingo en misa todos fuimos testigos de la fuga del hombre que hizo historia en esta ciudad porque se escapó no recuerdo si tres o cuatro veces de la cárcel.

 

Yo no lo creía cuando vi el rostro de ese hombre que al salir de la iglesia me regaló una sonrisa y que con toda la calma enfiló hacia la puerta del atrio de la iglesia que da a la 16 oriente. Cuanta calma y parsimonia exhibía ese hombre, ni parecía que se fugaba de la prisión.

 

Con cuanta razón me regaló esa sonrisa discreta si iba loco de contento, como decía una canción que aún se cantaba en esa época y cuya autoría se le atribuye a Rafael Hernández, mejor conocido como “El jibarito”

 

El capitán fantasma iba loco de contento con su cargamento de libertad. Si mal lograda ya no puedo juzgarlo yo, pero de que iba libre… ¡iba libre!.

 

Aun no les cuento que la cárcel estatal se encontraba entonces junto a la iglesia y que era conocida como la cárcel de San Juan de Dios. Enfrente del convento de Santa Mónica donde las monjas aún en mis tiempos y de cuando en cuando se compadecían de mi hambre y me regalaban una de las exquisitas tortitas de Santa Clara, que según se dice, fueron inventadas en ese lugar.

 

Por el lado de la cinco de mayo era la cárcel de hombres y por el lado de la 18 oriente la de mujeres. En la esquina de la 18 oriente y la cinco de mayo, estaban los juzgados donde se veían ir y venir a diario y a toda hora de la mañana los abogados.

 

Bueno, en esa cárcel y por diferentes delitos estuvo preso en más de una ocasión el capitán fantasma, según decía el periódico que me encontré luego de una noche fría, creo que de noviembre de ese año de 1960.

 

Que curioso que ahora yo, un fantasma; me viera cómo era en vida y además pudiera ver también la fuga de aquel hombre, por supuesto que nada más me permitían ver, ya no olía las chalupas que doña trinita vendía en la calle cinco de mayo, ni el pan que don Rubén vendía y que hacían los presos ahí mismo en un horno que tenían en la misma cárcel, ni el chileatole y los elotes asados que vendía Chonita. Solo podía ver aquella calle casi sin alumbrado público porque algunas de las lámparas de mercurio se habían fundido.

 

Una vez terminada la misa todos nos alejamos del lugar y la calle quedó una vez más en silencio, ese silencio que tan solo era roto ocasionalmente por las parejas que peleaban en alguna de las vecindades de alrededor  o por los borrachos que venían del barrio de San Antonio donde se encontraba una serie de accesorias habilitadas como cantinas y que cerraban sus puertas a eso de las diez de la noche para luego quedarse una o dos horas más adentro hasta que se terminaban sus bebidas los clientes de más confianza o los más persistentes y asiduos visitadores de esos lugares.

 

El barrio de san Antonio se encontraba en las calles 22, 24, y 26 poniente entre las calles cinco de mayo y 3 norte. Al menos eso es lo que en vida yo supe, si era más grande espero no ofender a nadie con mis omisiones. El cuento es que se encontraba a tan solo unas tres o cuatro calles de donde yo me encontraba en vida y pude ver ahora que hacia allá se dirigieron mis pasos y como ya no recordaba qué fui a hacer en vida, decidí ahora en mi calidad de fantasma tomar también ese rumbo.

 

Continuará…

 

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Jueves, 09 de Abril de 2009 18:00
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Una vez más llegué al año de 1963, y luego de un breve mareo me percaté que estaba en 1945, me encontraba en la esquina de la nueve poniente y la cuatro sur. En mi  niñez conocíamos a esta calle como “de la caporala”. Un poco más al oriente de la 4 sur, se encontraba el que ahora llamaban el río de San Francisco, cuyo nombre original fuera río Almoloya, así lo conocimos por mucho tiempo.

 

Mis abuelos me platicaban que aún antes de que la fábrica textil se instalara a un costado del convento de San Francisco, ya llevaba este nombre y que fueron los dueños de la fábrica quienes pusieron ahí los lavaderos que aun existen en ese lugar y que precisamente se conocen como “los lavaderos de Almoloya”, en honor al primer nombre del río.

 

En ese lugar y en mi condición de fantasma; me enteré de la historia que ahora les voy a platicar.

 

Aprovechándome de la capacidad que me otorga la invisibilidad escuché a “doña Cailita” platicarle a “doña Chona”, acerca de la última desaparición que había ocurrido en los baños públicos  “Neptuno”, los que estaban por el barrio de San Antonio.

 

-…Pues ya le digo doña Chonita, que el mentado Toño desapareció del interior del baño cuando se metió al hoyo de la caldera para hojearse-

 

Déjame platicarte querido lector que en ese tiempo, en mi hermosa Puebla, los baños públicos tenían un agujero hecho en  una de sus paredes y en donde por algún método se introducían piedras de volcán; de esas que se empleaban para hacer los cimientos de las casas y en ocasiones las paredes, para calentarlas de tal manera que cuando uno quería calentarse el cuerpo, arrojaba agua a la temperatura ambiente al lugar donde se encontraban esas piedras calientes y el resultado era una oleada de vapor y uno se acercaba ese vapor moviendo un manojo de hojas hecho expresamente para tal función.

 

Una vez mi padre me hizo entrar a uno de esos hoyos y en verdad que era tenebroso, todo el lugar era oscuro y con una atmosfera escasa de oxigeno, apenas se podía respirar.

 

Bien, volviendo a la historia que les estaba contando les diré lo que siguió en aquella plática.

 

- Disculpe usted Cailita, pero será verdad que desapareció de ese lugar o nada más inventaron esa historia para justificar que haya huido de su casa. Ya ve usted que a todo mundo le debía el tal Toño ese. ¡Con eso que andaba diciendo que se iba a casar!-

 

-¡Pues precisamente por ese motivo fue que desapareció!-

 

Figúrese usted que me platicó mi hermana “Mele” que la novia de Toño, era la sigüilisca.

 

-¡La sigüilisca?-

 

-La misma-

 

-¿Y como es eso posible?, ¿Que esa no es una historia que nos platicaban nuestros papacitos para asustarnos cuando no nos queríamos meter a dormir?-

 

-Pues si ya ve usted, pero parece que la historia tiene algo de cierto porque dicen que Toño andaba de enamorado allá por su barrio de San Antonio y en una de esas noches que se puso una guarapeta sabrosa, se atrevió a irle a gritar a la sigüilisca allá por la treinta y dos y el río y que en esa ocasión le dijo que si dejaba que la besara se iría con ella para siempre. ¡Hasta se lo juró!-

 

Para entonces doña Chona ya había dejado sus labores de lavar la ropa y ponía toda su atención a Cailita, quien también tomo un descanso para continuar con la plática.

 

-¿Y que pasó Cailita?-

 

-¿Pues no se le apareció la sigüilisca?-,… ¡Que hasta le bajó el cuete a Toño!

 

-¿Pero, que pasó?-

 

-Dicen por el lugar, que oyeron el aullido muy penetrante de un perro,…¡Pero de un perro grande! Y que desde el otro lado del río venía flotando la sigüilisca. Nadie se explica cómo no se cayó al río, y que el Toño se puso tan pálido que parecía de cera y ya que estuvo bien cerquita de él que le dice “Si es cierto que me quieres voy a vivir contigo en paz, pero si nada más me estas llamando para burlarte de mí, entonces el que se va a ir a vivir conmigo para siempre serás tú”.

 

-El Toño que se echa a correr gritando que lo dejara en paz y que el tenía novia con la  que se iba a casar- , y que lo alcanza la aparición y que lo tira al piso; y ya en el piso el Toño que le dice, “si te vas a casar pero conmigo. Mañana vengo por ti”.

 

El Toño se quedó toda la noche ahí tirado como muerto y al amanecer se quiso curar la cruda en la fonda de Carmelita pero como iba tan apestoso que lo mandan a bañarse primero. Y sí entró al baño, porqué mi marido lo vio entrar y todavía lo saludo y le preguntó por su novia la sigüilisca y Toño nomás se rió pero como muy triste. Todavía lo vio pagar su entrada y pedir un estropajo y jabón de olor. Pero ya no salió el muchacho. Los bañeros lo buscaron y hasta se metieron al hoyo con unas linternas pero nada más encontraron el estropajo rasgado junto al jabón y unas marcas como de uñas en una de las paredes pero nada más-

 

Todo se hizo silencio entre las dos mujeres y una tercera dijo en voz baja y clara:

 

-Por eso no hay que meterse con la sigüilisca-

 

Moví mi cabeza un tanto divertido y decidí salir de aquel lugar para irme a caminar por el barrio de San Antonio, a ver si ahora que soy fantasma puedo encontrarme en este mundo inmaterial a Toño y a la sigüilisca.

 

Continuará…

 

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